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      Magdalena Mágico
23/09/2019

El encanto de la medicina y la magia del río

Un encantador río, un acorazado buque, 69 valientes y comprometidos tripulantes, 8 corregimientos repletos de niños, jóvenes, adultos y ancianos esperanzados en una ayuda humanitaria que les devolviera la vida; dos departamentos ansiosos de un mejor futuro y una misma Colombia unida. Eso fue lo que vivimos en 18 inolvidables días de dedicación, de empeño, de compromiso, lo dimos todo porque quienes lo necesitaban nos hacían volver importantes, nos hacían valiosas, nos hacía sentir expertas. Pero fue una correría viviendo un país de extremos, de contrastes, de riqueza natural y de pobreza social. Un país rico en tierra, agua, mar, naturaleza y cultura, gente noble, agradecida, sincera y calurosa, amable y acogedora. Una región llena de pobreza en medio de un país de abundancia quizás concentrada en una minoría de la población.

Todo eso, gracias a la Travesía Magdalena Mágico V, que nos dio la oportunidad de observar esa Colombia diferente, olvidada, desconocida para muchos como lo era para nosotras; fue una manera diferente de llegar a esa realidad de nuestro país de la que tantos viven, pero pocos saben cómo es en realidad. Una Colombia llena de necesidades y de problemas, pero a la vez una Colombia llena de alegría, rica en cultura, en bailes, en cantos y miles de sonrisas que lograron cautivarnos. Una Colombia que, sin darnos cuenta, cambió nuestra forma de percibir la realidad.

Nuestro pensamiento comenzó a distinto desde el mismo momento en que inició la travesía; desde el instante en que pisamos el ARC Golfo de Morrosquillo porque a partir de ahí nos conectaron con esa nueva realidad, ya no éramos acompañantes, no éramos participantes, éramos parte de la tripulación. Una tripulación diversa, conformada por personal de la armada y personal civil que contaba con nosotras. Nos embarcamos 63 hombres y 6 mujeres, todos en edades diferentes, profesiones diversas, procedencias y religiones distintas, pensamientos y sueños diferentes, pero todos con un mismo compromiso. Aunque éramos desconocidos, sabíamos que por 18 días seríamos equipo de trabajo, lo que no sabíamos es que pronto nos convertiríamos en familia, porque así fue, cada uno cuidando del otro, cada uno dependiendo del otro. Tuvimos que dejar de lado las comodidades de nuestras casas para dormir en un estrecho camarote en donde los golpes y las risas nunca faltaron; tuvimos que adaptarnos a los alza arriba desde ese primer día que nos sorprendieron a las 5:30 de la mañana con un silbato de sonidos graves cuyo lenguaje nunca entendimos; tuvimos que adaptarnos a los horarios estrictos establecidos para las comidas, el lavado de la ropa, los tiempos de descanso y las horas de acostada. Sin embargo, podemos decir que nada de esto fue una limitación o un problema para ninguna de nosotras, al contrario nos acostumbramos tanto a la rutina que de vuelta a nuestro diario quehacer, lo terminamos extrañando. Tener la oportunidad de pasar 18 días dentro de un buque de guerra es una experiencia que pocos civiles tenemos la oportunidad de vivir. Poder navegar a través del majestuoso río Magdalena, poder ver las casas a su lado, los cultivos, el ganado, los cocodrilos, y eso sí, un entrañable lugar lleno de paz y serenidad que nos dio tiempo de pensar sin afanes, de prepararnos para las experiencias diarias, de compartir en equipo y de vivir una gran experiencia.

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El primer golpe de realidad lo tuvimos al tocar tierra en el primer puerto, el corregimiento de Barranca Vieja; después de dos días de navegar por el Canal del Dique y el Río Magdalena, viendo atardeceres inolvidables y amaneceres de ensueño llegamos al tan esperado destino. Un mar de sentimientos vivimos, producidos por los contrastes que percibimos; por un lado, banderas ondeando al son del viento, tambores sonando, niños cargados de alegría saludando, vitoreando nuestra llegada, eso fue muy emocionante, algo nunca vivido. Por el otro lado, un mar de basura que caía al río, niños descalzos en medio del barro, animales desnutridos, ancianos con miradas apagadas. Dicho mar de sentimientos fue lo que vivimos en cada uno de los 8 puertos que visitamos: Barranca Vieja, Real del Obispo, Tacaloa, La Peña, San Fernando de Loba, Panceguita, Santa Cruz y Barboza; pero cada uno diferente, destacando que desde el primer puerto hasta el último nos recibieron con alegría, con esperanza, con música, con cantos, con banderas y bailes. Las bienvenidas en cada puerto, siempre serán algo indescriptible que guardaremos en nuestros corazones como recuerdo de grandes emociones.

En el momento en que tocábamos tierra recibíamos abrazos, invitaciones a bailar, saludos con sonrisas y muestras de tradiciones culturales. Nos invitaban a conocer su pueblo, su escuela, su iglesia, su centro de salud y con ello su realidad. Caminábamos por calles llenas de tierra cuyo viento levantaba el polvo y la lluvia formaba lodo difícil de cruzar. Aguas estancadas incubando vectores, pedazos de metal oxidado, animales comiendo basura, entre otras cosas muchas cosas que nos permitían conocer su realidad, la vida de esa Colombia diferente por la que tanto luchamos. Veíamos como la falta de acueducto hacía que tanto personas como animales se bañaran y pescaran del mismo río, del cual también cocinaban y consumían su agua; un río café, la principal arteria fluvial del país, que de paso, también carga sus desechos y desperdicios.

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Al iniciar las consultas médicas, pudimos notar cómo esas costumbres eran la etiología de las patologías que más afectan a la población; como quizás lo esperábamos, parasitosis e infecciones cutáneas eran uno de los principales motivos de consulta. Lo más impactante fue ver centros de salud totalmente abandonados, cerrados, sin ningún médico a cargo, centros en donde no había siquiera alcohol ni gasas con las cuales manejar una simple herida, en muchos incluso no había ni sillas. Al preguntar a sus habitantes por el manejo de alguna emergencia médica, la respuesta era que no tenían a quien consultar, no tenían ni siquiera medicamentos, en casos extremos debían transportarse en lancha a poblaciones cercanas o de otra manera morirían. Ver esta realidad, ver su estado de abandono, nos hizo entender la importancia nuestra como trabajadoras de la salud, lo valioso que era para ellos recibir ayuda médica, eso nos hizo esforzarnos para que cada día nuestra jornada médica fuera efectiva, provechosa para quienes mas lo necesitaban y que si bien era un solo día, eso nos hacía orgullosas de haber dado lo mejor de nosotras, de nuestro conocimiento y de lo mucho que sentíamos que podíamos dar.

El mayor contacto se establecía durante la jornada médica, bajo el calor del río Magdalena realizamos un día de jornada en cada uno de los 8 corregimientos que visitamos. Pudimos escuchar a cada uno de sus habitantes de manera personalizada, escuchar sus inquietudes, sus dificultades y brindar una atención centrada en el contexto del paciente. Muchas veces nos sentíamos impotentes al no poder ayudarlos de una manera más profunda, pues ni ellos ni nosotras contábamos con recursos avanzados para realizar exámenes, debíamos adaptarnos a la situación de cada uno de los pacientes y a las facilidades disponibles. Aún así, sentimos que aunque para nosotras parecía poco, para ellos era altamente valioso, en cada corregimiento sus habitantes estaban muy agradecidos por ser escuchados, porque finalmente alguien se acordaba de ellos así fuera por un día, sentían que alguien finalmente les explicaba el por qué de sus patologías, el por qué de su manejo y afortunadamente, sentimos que en muchos casos logramos cambiar el concepto de tomar antibióticos de manera arbitraria ante cualquier síntoma.

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Finalmente, la travesía nos dejó experiencias inolvidables, muchas anécdotas, muchos sentimientos de orgullo por el deber cumplido y por las ayudas que pudimos brindar. Muy satisfechas por la experiencia vivida, por conocer un poco mas de nuestra Colombia, por todo lo que hicimos, de la manera en que lo hicimos y que nunca lo imaginamos posible. Poder ver otra cara de la moneda y aportar nuestro granito de arena, darnos cuenta de nuestra realidad y de la importancia que tenemos como médicos es algo que quedará para siempre en nuestra memoria y nos ayudará a ser cada día mejores profesionales, mejores personas, mas solidarias, mas comprometidas con la realidad de nuestro país. A la Fundación Santafé solo nos queda agradecimientos por la oportunidad que recibimos al ser seleccionadas para esa travesía verdaderamente mágica como su nombre; porque el río Magdalena conservará su magia en nuestros recuerdos.

Melisa Sofía Naranjo Vanegas, estudiante XII semestre Universidad de los Andes
Claudia Marcela Ariza Rojas, estudiante XII semestre Universidad de los Andes
Erika Natalia Moreno Vanegas, estudiante XII semestre Universidad de los Andes
María Fernanda Torres, médica egresada de la Universidad de los Andes

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